En cuestión de hacer emparejamientos, se lo dejo a las mujeres. En cuestión de romperlos, déjenselo al sexo más apuesto.
El trece de junio no cayó en viernes, pero el viejo martes cumplió en el momento crucial con resultados igual de buenos.
La querida cuñadita Bess apareció de la nada en el tren de la tarde procedente de Wabash. Dice que nos iba a hacer una visita sorpresa. La sorpresa me afectó más o menos igual que la que le tendieron a Napoleón en Waterloo, Iowa.
—¿Cuánto tiempo vas a seguir iluminando nuestro hogar? —le pregunté en la mesa a la hora de cenar.
—No me he decidido —dice ella.
—Eso es todo lo que te has perdido, pues —le digo.
—¡No le hagas caso! —dice mi señora—. Solo está bromeando. Estás estupenda y a los dos nos hace muchísima ilusión tenerte aquí. Puedes quedarte con nosotros todo el verano.
—De eso no hay duda —digo—. No solo puede, sino que es muy probable.
—Si lo hago —dice Bess—, será por mi hermana, no por el tuyo.
“Pero soy yo el nene que salda la cuenta de tu hermana —digo—; y vaya que era una cuenta después de que nos dejaste el invierno pasado. Con tu visita y nuestro lindo viajecito a Palm Beach, no es que ande precisamente escaso de efectivo en los bolsillos”.