Ahora bien, Bess le había contado un secreto a la Esposa de que ella y Bishop estaban prácticamente comprometidos, pero la noche después de la de Ada fue la última noche de su visita y Bishop nunca se había pasado por allí. Así que Bessie había llorado toda la noche y trató de comunicarse con él por teléfono antes de irse al día siguiente; pero ninguno de esos dos actos le sirvió de nada. Parecía que él ya había terminado con todo.
De camino al tren, Bess y la Señora habían arruinado tres o cuatro pañuelos y le habían dicho al pájaro todos los insultos de ligón que se les vinieron a la cabeza. Yo no dije ni una palabra; ni tampoco perfumé mi ropa blanca con salmuera.
Pero aquí estaba Bess de nuevo en el pueblo y el Viejo Short cortejándola otra vez. Y habían estado carteándose. La segunda vez era probable que cuajara, a menos que unos cerebros ajenos vinieran al rescate.
Si hubiera pensado por un minuto que nos iban a dejar fuera de esto y se irían a vivir a alguna parte por su cuenta —el Lado Norte, o alguno de los suburbios, o Wabash—, no me habría importado cuántas veces se casaran el uno con el otro. Pero yo lo tenía calificado como un vago incapaz de ganarse la vida, y sabía bien lo que significaban las nupcias matrimoniales entre la Bess y él: significaba que la parienta y yo tendríamos todos los placeres de regentar un hotel familiar sin el dolor de cabeza de hacer recibos.
Ahora bien, siempre quise un muchacho y una muchacha, pero los quería un tanto jovencitos cuando los consiguiera. Nunca ansié añadir un matrimonio a mi familia—ni aunque les encantara el rummy y pagaran todas sus cuentas. Y en cuanto a Bishop y Bess, bueno, eran tan bien recibidos en mi hogar como Villa y todos los pequeños Villistas.
No era solo Bishop, con su pintoresca costumbre de nunca llevar dinero para el pasaje.