«¿Qué nos dan por los cinco?», le pregunté.
“Cuarto privado y nos encargamos de su traje de baño”, dice él.
—¿Cuánto si no me cuida el traje? —le pregunté—. A mi traje le ha ido muy bien con muy pocos cuidados.
—Cinco dólares a la semana cada uno —dice—, y si quieren las habitaciones más vale que las tomen, porque hay mucha demanda.
Para cuando habíamos cerrado ese gran trato, todo el mundo se había bajado del porche y se había ido a la orilla del agua, donde una veintena de ellos se metió a nadar y los demás se sentaron a mirar.
Había una hilera larga de sillas en la playa para los espectadores y justo íbamos a dejarnos caer en dos de ellas cuando se acercó otro bandido y nos dijo que costarían diez centavos cada una por hora.
—Vamos a estar aquí dos semanas —digo—. ¿Nos venderá dos sillas?
No estaba de humor cómico, así que nos hincamos en la arena y vimos el espectáculo desde allí. Teníamos un montón de compañía que prefería esta clase de asientos gratis antes que las sillas a diez centavos el golpe.
Aparte de la gente que andaba en el agua dejando que las olas los derribaran y fingiendo que les gustaba, como la mitad de la pandilla en la arena llevaba trajes de baño solo por camaradería.
Se les nota con solo ver los trajes que nunca se habían mojado ni estaban destinados a semejante propósito ridículo. Ojalá pudiera describírselos, pero haría falta una mujer para hacerlo bien.
Una niña pequeña, de catorce o de veinticuatro años, llevaba zapatillas de seda blanca y calcetines que le llegaban casi a los tobillos, y de ahí a las rodillas era pura Naturaleza. Yendo hacia el norte desde sus rodillas había