Hacia las cinco, la Mujer se calmó y pensé que era seguro hablar con ella.
—Estuve leyendo en la guía sobre un viaje fluvial muy bonito —le digo—. Mañana por la mañana podemos salir de aquí en el barco. Van hasta Fort Pierce mañana y se quedan allí mañana por la noche. Al día siguiente van de Fort Pierce a Rockledge, y el día después de eso de Rockledge a Daytona. El pasaje cuesta solo cinco dólares por persona. Y en Daytona podemos tomar un tren hacia el norte.
—Está bien, no me importa —dice la señora.
Así que la dejé y bajé y crucé la calle para preguntarle al señor Foster. Pregúntale al señor Foster resultó ser una muchacha. Me vendió los boletos del barco y me prometió que nos reservaría una habitación con baño en Fort Pierce, donde íbamos a pasar la noche siguiente. Apuesto a que sabía todo el tiempo que las habitaciones con baño en Fort Pierce son más escasas que los dedos en un esturión.
Regresé a la habitación y ayudé a hacer las maletas en calidad de asesor. Ninguno de los dos tenía ánimos para vestirse para cenar. Pedimos que nos subieran algo y nos clavaron un dólar extra por el servicio. Pero ya nos importaba un bledazo una nadería así.
A las nueve de la mañana siguiente el buen barco Constitution se detuvo en el muelle de Poinciana mientras nos montábamos a bordo.
Un botones bajó a despedirnos y me costó veinticinco centavos conseguir semejante atención.
La señora Potter debió de quedarse dormida.