quería que nos mirara a los demás, a uno en particular.
El traje que le dieron era un Annette. No voy a hacer ningún intento por describir cómo se le veía puesto, a menos que fuera una Y mayúscula que se hubiera vuelto al revés. No tenía ningún desplazamiento y se habría podido quedar adentro todo el día sin que el lago jamás llegara a enterarse de que estaba ahí.
Pero corté la película antes de tiempo para poder llevarlos de vuelta al hotel y dejar a la parejita junta otra vez.
“Van a tener todo el resto del día para ustedes solos —les dije—. No almorzaremos con ustedes. La patrona y yo simplemente desapareceremos y nos reuniremos con ustedes aquí en el hotel a las siete en punto de esta noche”.
—¿Pa’ dónd’ vas? —preguntó Bishop.
—No te preocupes por eso —digo.