—No parece justo —dice la señora.
—¡Deberías preocuparte! —digo.
Así que los invitamos la noche siguiente y por un minuto pareció que íbamos a arrasar. Pero después de ese minuto mi parienta volvió a coleccionar cartas de pitxers y cada carta que sacaba Hatch parecía hecha a su medida.
Vea usted, cuando terminamos, el suertudo de mierda iba ocho dólares arriba y la señora de Hatch había más o menos saldado cuentas.
—¿Crees que puedas conseguir los mismos asientos? —le digo.
—¿Qué asientos? —dice Hatch.
«Para la ópera», digo.
—A mí no me vuelven a arrastrar a ninguna ópera —dice Hatch—. Yo nunca voy a la misma función dos veces.
—¡No es el mismo espectáculo, tonto! —digo—. Cambian el cartel todos los días.
—No van a cambiar este billete de ocho dólares que tengo —dice.
—¡Menudo cadáver estás hecho! —le digo.
—Llámame como te dé la gana —dice Hatch—, siempre y cuando no superes los ocho dólares de valor.
—A Jim no le gustan las óperas —dice la señora Hatch.
—No disfruta de nada que cueste más de cinco centavos —digo—. Pero ya que nos va a tacañear, espero que despilfarre esos ocho pavos en algo que le provea algún beneficio.