Pero yo no quería que bailaran, porque eso habría sido una excusa para no decirse nada el uno al otro por un buen rato. Así que le digo:
—Hay un sitio, sí; pero ya hay cinco o seis parejas en la pista, y cuando se junta más de eso dando vueltas a la vez, es propenso a menear el bote y acabar en desastre.
Tomé del brazo a la Esposa y comencé a avanzar.
—¿Adónde vas? —dice Bishop.
—Solo para dar una vuelta por las cubiertas —digo yo.
—Nosotros iremos con ustedes —dice él.
Vi que el tratamiento empezaba a surtir efecto.
—¡Ni hablar! —digo—. Esta es una de nuestras lunas de miel semianuales y no podemos aceptar ayuda de fuera.
Unos minutos antes de llegar a St. Joe los volvimos a ver, sentados allá abajo, con miedo de bailar y totalmente sin tema de conversación. Se lo estaban pasando igual de bien que los nenes de Jennie.
—Estamos a punto de llegar —digo—, y ha sido uno de los cruces más tranquilos que he hecho en la vida.
“Aquí no se puede enfermar nadie con un tiempo así”, dice Bess.
“No”, digo yo, “pero agarras una apacible tarde de sábado y por lo general siempre significa una noche de domingo brava”.
—¿No habrá ferrocarril entre aquí y Chi? —preguntó Bishop.
“Directo no —digo—.* Tienes que ir a Lansing y luego cruzar hacia Fort Wayne. Si haces buenas conexiones puedes hacerlo en un día y dos