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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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IV. La Poinciana

hoteles y quiere tomarse un trago de vez en cuando, más vale que se dé prisa y haga un pedido.

De modo que tuve que ver a la patrona tomarse un vaso de jugo de naranja que costaba cuarenta centavos y era exactamente del mismo tamaño que nos dan gratis en el desayuno por nada. Y, como no había tenido nada que me hiciera olvidar que me dolían los pies, me vi obligado a pagar otros cuatro reales por un afromóvil para que nos llevara de vuelta a nuestra propia pensión.

“Bueno —dice la señora cuando llegamos—, es hora de lavarse y almorzar”.

—Lávate y vete a comer, entonces —le digo—, pero yo voy a investigar eso de la ley del armario de los licores o del licor de los armarios.

Así que cogió su llave y se largó, y yo cojeé hasta la barra.

—Quiero un highball —le digo al muchacho.

—¿Cuál es tu número? —dice él.

—Varía —digo—. A veces puedo aguantar veinte y a veces con cuatro o cinco ya me pongo a cantar.

—O sea, ¿tienes una taquilla aquí? —dice él.

—No; pero quiero conseguir uno —digo yo.

—El caballero de ahí, del mostrador, le arreglará —dice él.

Así que me fui al mostrador y pedí una taquilla.

—¿Qué bebe usted? —preguntó el caballero.

“Soy de Chicago”, digo. “Bebo burbon”.

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