—No sé qué clase de mujer sea la señora Messenger —digo—. Pero si yo fuera dueño de estos departamentos y alguien se atrasara en la renta, no me sorprendería ver a la mujer del dueño ir derechito a su apartamento y sacársela del bolsillo de los pantalones.
—Bueno —dice la Esposa—, no les debemos nada de renta y no fue para eso por lo que llamó. No fue ninguna llamada de negocios.
—Suelta la sopa de una vez —le digo—. Tengo el corazón débil.
—Bueno —dice—, apenas acababa de terminar con los platos del almuerzo y sonó el teléfono.
—Apuesto a que te preguntabas quién era —digo yo.
—Creí que era la señora Hatch o alguien así —dice la Esposa—. Así que salí corriendo hacia el teléfono y era la señora Messenger. Así que lo primero que dijo fue explicar quién era, como si yo no lo supiera. Y lo siguiente que preguntó fue si jugaba al bridge.
—¿Y qué le dijiste? —digo yo.
—¿Qué crees que le diría? —dice la Señora—. Le dije que sí.
—¿No andabas jugando un poco con la verdad? —le pregunté.
—¡Desde luego que no! —dice ella— ¿Acaso no he tocado dos veces en casa de los Hatches? Así que luego me preguntó si mi marido también jugaba al bridge. Y le dije que sí, que claro.
—¿Cuál era la idea? —digo—. Bien sabe Dios que nunca en mi vida lo he jugado.
—Yo no sé tal cosa —dice ella—. Por lo que sé, bien puedes pasarte el día entero abajo en la oficina.