falda deportiva que se había comprado en Chi. Más tarde, en el mismo día, cuando las chicas salieron para su desfile de modelos, el atuendo de la Señora hizo más o menos tanto ruido como comer malvaviscos en una fundición.
Después de desayunar fuimos a la habitación para un cambio de ropas. Me puse los pantalones blancos y le pedí al cielo que el sol se metiera bajo una nube hasta que me acostumbrara a decirle a la gente sin palabras exactamente dónde empezaba mi ropa blanca y dónde terminaba yo.
El resto de mi atuendo consistía en zapatos blancos que dolían, y calcetines blancos, y una camisa de seda de dos dólares que resaltaba como una cebra, y una corbata roja y un cuello blando y una chaqueta azul.
La jefa llevaba un traje sport que no voy a intentar describir; probablemente se lo verán puesto en algún momento de los próximos cinco años.
Volvimos a bajar y salimos al porche, donde algunos de los viejos se estaban dando un baño de sol.
—¿Y ahora para dónde? —digo.
—La playa, por supuésto —dice la señora.
—¿Dónde está eso? —le pregunté.
“Supongo —dice— que lo encontraremos en algún lugar cerca del océano”.
—No creo que puedas soportar este clima —le digo.