—Las muchachas me dicen que le gusta la buena música —le digo.
—Me encanta —dice Bishop.
—¿Alguna vez va a la ópera? —le pregunté.
“Me lo como todo”, dice.
—¿Has ido este año? —le digo.
—Casi todas las noches —dice Bishop.
—Ya debería estar harto de eso —digo yo.
—Ay, no —dice—, no más de lo que me canso de la comida.
—Un hombre se puede cansar fácilmente de la misma clase de comida —le digo.
«Pero las óperas son todas distintas», dice Bishop.
“Idiomas distintos, tal vez —digo—. Pero todos son música y canto”.
—Sí —dice Bishop—, pero la música y el canto en las distintas óperas no se parecen más que el lumbago y la urticaria. No podrían ser de ningún modo más diferentes, por ejemplo, que el Fausto y la señora Buttermilk.
—A no ser que fuera whisky escocés con refresco de chocolate —dije yo.
“Hay op’ras güenas y op’ras malas”, dice Bishop.
—¿Cuáles son los buenos? —le pregunté.
“Oh —dice—, Carmen y La gitana de cristal y El Trovador ”.
“Carmen es una fiera”, digo. “Si todas fueran tan buenas como Carmen, iría todas las noches. Pero muchas de ellas son un fracazo. Dicen que no hay nada que pueda ser peor que este Armour’s Dee Tree Ree”.