la Señora se enteró por ahí de que podría haber dos o tres de los Cuatro Cientos merodeando por allí, y no queríamos perdernos a nadie.
—Ahora —digo—, lo único que tenemos que hacer es sentarnos a esperar al diez del mes.
—¡Ah, conque sí! —dice la mujer—. Supongo que estás perfectamente satisfecho con tus harapos.
“Tengo que estarlo”, digo, “a menos que el Ejército de Salvación tenga algo que me quede”.
—¿Qué le pasa a nuestra cuenta corriente? —dice ella.
—No me gusta cobrar nada —digo—, cuando sé que no hay ninguna posibilidad de que me lo paguen jamás.
—Está bien —dice ella—, entonces no vamos a Palm Beach. Prefiero quedarme en casa antes que ir allá luciendo como criada para todo.
—¿Necesitai’ usté’ ropa? —le pregunté.
—Claro que sí —dice ella—. Como unos doscientos dólares. Pero yo tengo ciento cincuenta dólares míos.
—Está bien —digo—, yo apechugo con los otros cincuenta y así quedamos todos en paz.
“No, no es así —dice ella—. Eso solo me arregla a mí. Pero quiero que tú te veas tan bien como yo”.
—De eso se encarga la naturaleza —le digo.
Pero no había forma de discutir con ella. Nuestro viaje, decía, era una inversión; nos iba a poner bien con gente que valía la pena. Y no tendríamos ninguna oportunidad en el mundo a menos que aparentáramos serlo.