No hay muchas probabilidades inmediatas de que vengas a comer a nuestra casa, no mientras el bistec de aguja y la General Motors estén al mismo precio y la galleta común para perro cueste a diez centavos la barra.
Pero puede que una noche no tengas nada decente que hacer y se te ocurra pasarte a ver a la señora y a mí para hacernos una visita; así que siento que debo advertirte un poco por si eso llega a suceder.
Usted sabe que hay muchas palabras que se llaman palabras de pelea.
Algunas de ellas arman una bronca, sin importar a quién se las digan. No se le puede decir mentiroso a nadie sin esperar perder un par de dientes de leche—esto es, claro, si el interpelado tiene algo más que jugo de limón en las venas y no ha tenido la desgracia de quedarse dormido en las vías del Panhandle y verse separado de sus extremidades más prominentes.
Luego hay términos que a uno no le afectan tanto en lo personal, sino que recaen sobre sus antepasados y prodigios, y se supone que uno debe resentirlos por cuestión de honor y arreglarle la cara al que habla para que, cuando llegue a su casa, su esposa le diga:
«¡Oh, nenes! ¡Vengan a ver el arcoíris!».
Luego hay otras palabras y términos que se los puedes decir a alguien y no pasa nada; pero se los dices a otra persona y las compañías de seguros podrían escatimarle la pensión a tu viuda alegando que fue suicidio. Por ejemplo, está el joven Harold Greiner, uno de los tenedores de libros de la oficina. Podría decirle que era un A.P.A., con unos cuantos