—Ya he notado que siempre los has tratado así —le digo—. Pero a mí no me hacían tanta gracia a la hora de pagar.
—Te diré lo que haremos —dice la señora—: Llamaremos al señor y a la señora Hatch y les diremos que vengan mañana por la noche a darnos una lección.
—Estaría chido —digo—, pedirles que nos enseñen un juego para poder meternos a un club que está aquí mismo en su barrio, ¡pero ni a ellos los han invitado!
—¡Vaya, pedazo de imbécil! —dice—. No tenemos que decirles por qué queremos aprender. Simplemente diremos que mis dos intentos en su casa me han interesado y que tú y yo queremos dominar el juego para poder pasar muchas tardes agradables con ellos; porque la señora Hatch me ha dicho cien veces que ella y su esposo prefieren jugar al bridge antes que comer.
De modo que llamó a la señora Hatch y se lo soltó de sopetón; pero parecía que los Hatch tenían un compromiso para el sábado por la noche, aunque les encantaría venir el lunes por la noche y echarnos una mano.
Después de arreglar eso, ambos nos sentimos un tanto avergonzados de nosotros mismos por andar engañando a gente que se supone que eran nuestros mejores amigos.
—Pero, en fin —dice la señora—, los Hatch nunca encajarían con esa gente. Jim siempre parece que se hubiera vestido en el tren elevado y la señora Hatch no puede hablar de otra cosa que no sea podología.