que no juego a este juego.
—Vaya, su esposa me acaba de decir que tocó anoche —dice él.
—Quiero decir —digo—, que estuve mucho tiempo sin tocar antes de anoche; nada menos que treinta y seis años —digo—.
Bueno, cuando todo el mundo hubo acabado de tragarse el perdigón a la fuerza, trajeron unos champiñones ahogados, y luego unos filetitos de ternera del tamaño de una ficha de damas, y siete patatas Saratoga para cada uno, y media docena de judías verdes. Los que todavía podían mantenerse sentados bajo semejante carga terminaron con unos tomates en rodajas que habían cogido demasiado jóvenes, un helado de cinco centavos y un cuentagotas lleno de café.
—Antes de que se me olvide —dice la señora Collins, mientras salíamos tambaleándonos del comedor—, vienen todos a mi casa el próximo martes por la noche.