“Además —dice—, no hay nadie que pueda quitármela. ¡Es más fiel que una espada! Es la mejor esposita que un hombre ha tenido jamás”.
Ahora bien, supuse, por supuesto, que este tipo de cosas se le pasaría. Yo había tenido otros conocidos con los mismos síntomas, pero se les habían curado con el tiempo, junto con un montón de ejercicio y suprimiendo las grasas y los almidones de la dieta. En cosa de un mes, pensé, volvería a la normalidad.
Pero no. Mayo vino y se fue y íbamos ya por la mitad de junio, y ningún cambio para bien. Durante más de setenta días en total, a un promedio de cinco veces al día, recibí la información confidencial y directa de que la señora Quinn era la mejor mujercita que un hombre había tenido jamás. Parecía que nunca iba a dejar de pensar que aquello era una novedad.
Por lo general, no soy un tipo nervioso. Me tomo la vida con más calma que casi cualquiera que conozca. Pero te lo dejo a ti para que juzgues si el tipo más tranquilo del mundo no se vería afectado por algo así si durara lo suficiente.
Llegó a tal punto que las manos me empezaban a temblar y los dientes me empezaban a rechinar cuando lo veía venir. Y me despertaba cinco o seis veces por noche y empezaba a morder las sábanas. Y un par de veces, dormido, grité: «¡Es la mejor mujercita que un hombre ha tenido jamás!». Mi propia señora, toda sonrisas, me lo contaba por la mañana.
Cuando me pillé pidiendo un suizo pa’ almorzar un mediodía, pensé que ya era hora de tomar medidas inmediatas. Primero, se me ocurrió buscarle bronca y decirle que se apartara de mí. Pero habría sido como darle una bofetada a un crío. Luego pensé en dejar el curro y buscarme otro. Pero estoy bastante cómodo donde estoy y estaré mejor cuando un par de fósforos casque.