cuadras para llevársela a su cuchitril, y dos cuadras para traérnosla de vuelta, y solo nos cobra treinta y cinco centavos por traje.
—Le pagan mal y hace mal trabajo —dice el ladrón—. Cuando plancho la ropa, la plancho bien.
—Bueno —digo yo—, el sastre de la Sesenta y tres nos satisface. Supongo que esta vez no te esforzarás al máximo, sino que solo nos darás setenta centavos de valor.
Pero no había ninguna posibilidad de regatear.
Llevaba tanto tiempo en el negocio que se había endurecido y perdido todo respeto por sus semejantes.
La señora dormía, pero yo no. En su lugar, hice unos cuantos problemas de aritmética.
Fuera de lo que se había gastado en postales y sellos en Jacksonville, me había gastado dos pavos en nuestro almuerzo, como dos más en mi afeitado y mis consumiciones, uno en un viaje movidito en autobús, otro más por hacer que nos acarrearan el baúl y las maletas, dos por hacer que nos plancharan la ropa y como medio dólar en propinas a gente que no volvería a ver jamás.
¡Más o menos unos nueve dólares al día, sin contar la factura del hotel, y todavía con más de dos semanas por delante!
¡Ay, partida de rummy en casa, a medio centavo el tanto!
Cuando volvieron nuestra ropa la desperté y le di las cuentas.
—Pero hoy es una excepción —dice—. Después de esto las comidas estarán incluidas en la cuenta del hotel y no necesitaremos mandar a planchar nuestros trajes más que una vez a la semana y tú te afeitarás y no