“La habitación no está lista”, digo. “El recepcionista nos avisará en cuanto podamos tenerlas”.
Pero no quiso creerme a mí; y cuando él mismo habló con el recepcionista, y se enteró de que podía tener su habitación de inmediato, no hubo manera de discutir con él. Allá se fue a la cama a las ocho de la tarde, dejándonos a la señora y a mí para entretener a la Belle o’ Wabash.
Domingo por la mañana aumenté mi inversión alquilando un cacharro para llevarnos al Edgewater Club.
—Ahora —digo—, vamos a alquilar unos trajes de baño y a refrescarnos.
—No me atrevo a entrar —dice Bishop—. Cogería más frío. Os esperaré aquí fuera a los demás.
Pues bien, a mí no me importaba si se metía o no, ya que el agua por ahí era demasiado poco profunda como para ahogarlo; pero sí