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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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VI

El barco iba repleto hasta el tope y no exagero cuando digo que éramos la gente mejor vestida de abordo.

Y en cuanto a modales, ¡vaya, hombre, hasta el viejo Bill Sykes habría podido pasar por Henry Chesterfield en ese grupo! Cada uno de ellos ocupaba tres de las sillas de cubierta y salpicaba jugo de naranja a todos sus vecinos.

Habríamos podido hablar con un montón de gente aquí, de verdad; eran el grupo más amiguero que he visto en mi vida. Pero me daba miedo que, si yo decía algo, tuvieran que responder; y con la boca tan llena de fruta cítrica como la tenían, los resultados podrían haber sido fatales para mi traje claro.

Subimos por el lago hasta un canal y luego lo atravesamos para llegar al río Indian. El barco encallaba cada pocos minutos y había que sacarlo a la fuerza.

Alrededor de las doce, un cullud gemman subió a cubierta y nos dijo que el afrisal estaba listo. A la una y media lo sirvió en una larga mesa familiar en el camarote.

Por lo que a mí respecta, bien habría podido dejarlo en la cocina. Incluso si uno hubiera podido hincarle el diente a la comida, un vistazo a los compañeros de comanda le habría estrangulado el apetito.

Después de la comida aparte a la Señora.

—Algo me dice que no vamos a sobrevivir a tres días de esto —le digo—. ¿Qué tal si tomamos el tren en Fort Pierce y nos piramos a Jacksonville, y luego a casa?

“Pero eso nos llevaría a Chicago demasiado rápido —dice ella—. Le dijimos a la gente cuánto tiempo íbamos a estar fuera y si volviéramos antes de tiempo pensarían que pasa algo raro”.

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