«Es cincuenta-cincuenta», digo. «Los bebés no se parecen entre sí ni más ni menos que las madres. Las madres se llaman todas Jennie, y son todas cubos perfectos, y les encantan las manzanas, y deberían ir al dentista. Además», digo, «supongamos que se confundieran e intercambiaran a los críos, ninguna de las partes implicadas tendría motivos para relamerse. Y los bebés desde luego no podrían parecer más desgraciados bajo otros auspicios que los de ahora».
Dimos toda la vuelta a la cubierta, abriéndonos paso entre las cáscaras de plátano y echando un vistazo a nuestros compañeros de tripulación.
—Elige a alguien que te gustaría conocer —le dije a mi mujer—, y veré si puedo arreglarlo.
—Gracias —dice—; pero trataré de no aburrirme, con mi esposo, mi hermana y el novio de mi hermana acompañándome.
—Es muy fácil decirlo —digo yo—, pero tienes que recordar que vamos a dejar a Bess y a Bishop solos, y eso nos deja a ti y a mí a solas, y no hay dos personas en el mundo que puedan pasar dos días a solas sin aburrirse soberanamente. Además, nunca hay que desaprovechar la oportunidad de conocer a gente de alta sociedad.
—Cuando me entre una ansiedad desesperada por conocer a gente de alta sociedad —dice—, seguro que tomo el barco del sábado por la tarde de Chicago a St. Joe.
“No se puede juzgar a la gente por las apariencias —digo—; no los has oído hablar”.
—No; y no los entendería aunque pudiera —dice ella—.
—Apuesto a que algunos de esos son tan listos como nosotros —digo.
“No ando buscando compañía brillante —dice—; quiero un cambio”.