—No —digo—; nos pasamos todo el tiempo allá abajo jugando al cartero con las mujeres de la limpieza.
—Bueno, en fin, yo le dije que sí —dice la señora—. ¿No ves que no había otra cosa que pudiera decirle, porque si le decía que no, eso habría acabado con todo?
—¿Se acabó el qué? —digo.
—No nos habrían invitau a la fiesta —dice la señora.
—¿Quién te dijo que iba a haber una fiesta? —le digo.
“A mí no me tienen que decir todo”, dice la patrona.
“Me da la cabeza para saber que la señora Messenger no me llama por teléfono y me pregunta si jugamos al bridge solo porque le duele la cabeza, o se siente sola, o alguna pavada así. Pero después de todo no es una sola fiesta, y esa es la mejor parte. Nos preguntó si nos interesaría entrar al club”.
—¿Qué club? —digo yo.
—El club de la señora Messenger, el Club San Susie —dice la señora—. Me lo has oído mencionar cien veces, y también ha salido en los periódicos una o dos veces, bueno, una vez seguro, cuando los socios repartieron aquellas cenas de Navidad el año pasado.
—Podemos salir en los periódicos —digo—, sin tener que privar a nadie de la cena de Navidad.
—¿Quién quiere salir en los periódicos? —dice la Esposa—. A mí eso no me importa nada.
—No —le digo—; supongo que si un reportero viniera por aquí y pidiera tu foto para sacarla en las páginas de sociedad, agarrarías el