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nydus/The Iron HeelPublic
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CAPÍTULO VII. LA VISIÓN DEL OBISPO

Pero aun así me negué a creer.

«Espera y verás», dijo Ernest, y esperé.

A la mañana siguiente mandé a buscar todos los periódicos. Hasta ahí Ernest tenía razón. Ni una sola palabra de las que había pronunciado el obispo Morehouse aparecía en letra impresa. En uno o dos diarios se mencionaba que se había visto abrumado por sus sentimientos. Sin embargo, las banalidades de los oradores que lo siguieron se publicaron en extensa crónica.

Varios días más tarde se hizo el breve anuncio de que se había ido de vacaciones para recuperarse de los efectos del exceso de trabajo. Hasta ahí todo iba bien, pero no había habido ningún indicio de locura, ni siquiera de colapso nervioso. Poco imaginaba yo el terrible camino que el obispo estaba destinado a recorrer: el Getsemaní y la crucifixión en los que Ernest había meditado.

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