Al fin me desplomé sobre la acera. Estaba exhausto y no podía dar un paso más. Tenía magulladuras, dolores y molestias en todos los miembros; sin embargo, no podía evitar sonreír al ver a Garthwaite, que se estaba armando un cigarrillo y diciendo:
“Sé que estoy haciendo un desastre al rescatarte, pero no le encuentro ni pies ni cabeza a la situación. Es todo un lío. Cada vez que intentamos escapar, pasa algo y nos hacen retroceder.
Estamos a solo un par de cuadras de donde te saqué de aquella entrada. Amigos y enemigos están totalmente mezclados. Es el caos. No se sabe quién está en esos malditos edificios. Intentas averiguarlo, y te cae una bomba en la cabeza.
Intentas seguir tu camino en paz, y te topas con una turba y te matan las ametralladoras, o te topas con los Mercenarios y te matan tus propios camaradas desde un techo. Y para colmo, la turba llega y te mata también”.
Negó con la cabeza tristemente, encendió su cigarrillo y se sentó a mi lado.
“Y tengo tanta hambre —añadió— que me comería adoquines.”
Al momento siguiente estaba otra vez de pie y en la calle arrancando un adoquín. Volvió con él y arremetió contra el escaparate de una tienda a nuestra espalda.
—Es en la planta baja y no sirve de mucho —explicó mientras me ayudaba a pasar por el agujero que había hecho—, pero es lo mejor que podemos hacer. Tú échate una siesta y yo haré un reconocimiento. Terminaré este rescate como Dios manda, pero necesito tiempo, tiempo, muchísimo tiempo, y algo de comer.
Era una talabartería en la que nos hayamos, y me preparó un lecho con mantas de caballo en la oficina privada, bien al fondo. Para colmo de mis