Poco podía imaginar el papel fatídico que el brazo de Jackson iba a desempeñar en mi vida.
El propio Jackson no me impresionó cuando fui a buscarlo. Lo encontré en una casa descabellada y destartalada24 abajo, cerca de la bahía, en el límite del pantano. Había charcos de agua estancada alrededor de la casa, con la superficie cubierta de una espuma verde de aspecto putrefacto, mientras que el hedor que emanaba de ellos era intolerable.
Encontré en Jackson al hombre manso y humilde que me habían descrito. Estaba haciendo algún tipo de labor en mimbre, y trabajó con cabezonería mientras yo hablaba con él.
Pero a pesar de su mansedumbre y su humildad, me pareció captar en él la primera nota de una amargura naciente cuando dijo:
“Al menos habrían podido darme un trabajo de vigilante,25 de todos modos”.
Le saqué muy poco provecho. Me dio la impresión de ser estúpido y, sin embargo, la destreza con la que trabajaba con su única mano parecía desmentir su estupidez. Esto me sugirió una idea.
—¿Cómo se las arregló para que el brazo se le quedara atrapado en la máquina? —le pregunté.
Me miró de una forma lenta y meditabunda, y sacudió la cabeza. «No lo sé. Simplemente pasó».
—¿Descuido? —le inquirí.