Pero Hartman solo maldijo al Talón de Hierro, y seguimos adelante. A menudo la policía y las patrullas nos detenían, pero nuestras contraseñas nos permitían continuar. No cayeron más bombas desde las ventanas, los últimos transeúntes parecían haber desaparecido de las calles y nuestra quietud inmediata se hizo más profunda; aunque el gigantesco caldero seguía burbujeando a lo distancia, sordos rugidos de explosiones nos llegaban desde todas direcciones y las columnas de humo se alzaban más amenazadoras en los cielos.
Table of Contents
CAPÍTULO XXII. LA COMUNA DE CHICAGO
287