Por ninguna otra razón Hurlbert murió bajo tortura, negándose hasta el final a delatar a sus camaradas. Por ninguna otra razón Anna Roylston renunció a la bendita maternidad. Por ninguna otra razón John Carlson ha sido el fiel y desinteresado custodio del Refugio de Glen Ellen. No importa, joven o viejo, hombre o mujer, alto o bajo, genio o terrón, vaya uno donde vaya entre los camaradas de la Revolución, la fuerza motriz resultará ser un gran y perdurable deseo de justicia.
Pero me he apartado de mi narración. Ernest y yo comprendíamos muy bien, antes de abandonar el refugio, cómo se estaba desarrollando la fuerza del Talón de Hierro. Las castas obreras, los Mercenarios y las grandes hordas de agentes secretos y policías de diversa índole estaban todos comprometidos con la Oligarquía. En lo fundamental, y haciendo abstracción de la pérdida de libertad, se encontraban mejor que antes.
Por otra parte, la gran masa desamparada de la población, la gente del abismo, se hundía en una apatía bestial de conformidad con la miseria. Siempre que los proletarios fuertes hacían valer su fuerza en medio de la masa, los oligarcas los apartaban de ella y les ofrecían mejores condiciones al convertirlos en miembros de las castas obreras o de los Mercenarios. Así se calmaba el descontento y se despojaba al proletariado de sus líderes naturales.
La condición del pueblo del abismo era lastimosa. La educación escolar común, en lo que a ellos respectaba, había cesado. Vivían como bestias en grandes y sórdidos guetos de trabajo, pudriéndose en la miseria y la degradación. Todas sus antiguas libertades habían desaparecido. Eran esclavos del trabajo. Se les negaba la libertad de elegir empleo. Asimismo, se les negaba el derecho a trasladarse de un lugar a otro, o el derecho a portar o poseer armas. No eran siervos de la gleba como los granjeros. Eran siervos de las máquinas y siervos del trabajo.