Y durante esa semana de silencio se le enseñó la lección a la Oligarquía. Y bien aprendida que tuvo la lección. La huelga general era una advertencia. No volvería a ocurrir jamás. La Oligarquía se encargaría de ello.
Al final de la semana, tal como se había convenido de antemano, los telegrafistas de Alemania y de los Estados Unidos regresaron a sus puestos. A través de ellos, los líderes socialistas de ambos países presentaron su ultimátum a los gobernantes. La guerra debía cancelarse, o la huelga general continuaría. No tardó mucho tiempo en llegarse a un acuerdo. La guerra fue cancelada, y las poblaciones de ambos países regresaron a sus labores.
Fue esta renovación de la paz la que propició la alianza entre Alemania y los Estados Unidos. En realidad, se trataba de una alianza entre el Emperador y la Oligarquía, con el propósito de hacer frente a su enemigo común: el proletariado revolucionario de ambos países. Y fue esta alianza la que la Oligarquía rompió más tarde tan traicioneramente cuando los socialistas alemanes se alzaron y expulsaron al señor de la guerra de su trono.
Era exactamente lo que la Oligarquía andaba buscando: la destrucción de su gran rival en el mercado mundial. Con el emperador alemán fuera de juego, Alemania no tendría ningún excedente para vender en el extranjero. Por la propia naturaleza del Estado socialista, la población alemana consumiría todo lo que producía. Por supuesto, comerciaría en el extranjero con ciertos productos suyos a cambio de otros que no producía; pero esto sería muy diferente de un excedente inconsumible.
—Apuesto a que la Oligarquía encuentra justificación —dijo Ernest, cuando se conoció su traición al emperador alemán—. Como de costumbre, la Oligarquía creerá que ha obrado bien.