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nydus/The Iron HeelPublic
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CAPÍTULO VIII. LOS DESTRUCTORAS DE MÁQUINAS

le es negada ahora por los grandes monopolios. Y lo absurdo de todo esto es que ustedes han repetido estas frases tantas veces que se las creen. Quieren la oportunidad de saquear a sus prójimos a su propia pequeña manera, pero se hipnotizan pensando que quieren libertad. Son egoístas y rapaces, pero la magia de sus frases los lleva a creer que son patrióticos. Su deseo de obtener ganancias, que es puro egoísmo, lo metamorfosean en una solicitud altruista por la humanidad sufriente. Vamos a ver, aquí mismo entre nosotros, y sean honestos por una vez. Miren el asunto de frente y expónganlo en términos directos”.

Había rostros enrojecidos y enfadados en la mesa, y al mismo tiempo una cierta dosis de temor.

Estaban un poco asustados ante aquel muchacho de rostro apacible, y el ritmo y la contundencia de sus palabras, y su terrible costumbre de llamar al pan pan y al vino vino. El señor Calvin respondió sin demora.

—¿Y por qué no? —exigió—. ¿Por qué no podemos volver a las costumbres de nuestros padres cuando se fundó esta república? Ha usted dicho muchas verdades, señor Everhard, por más que hayan sido desagradables. Pero aquí, entre nosotros, hablemos sin tapujos. Despojémonos de toda máscara y aceptemos la verdad tal como el señor Everhard la ha expuesto tajantemente. Es verdad que los capitalistas más pequeños vamos tras los beneficios, y que los trusts nos están arrebatando esos beneficios. Es verdad que queremos destruir los trusts para que nuestros beneficios sigan siendo nuestros. ¿Y por qué no podemos hacerlo? ¿Por qué no? Digo yo, ¿por qué no?

“Ah, ahora llegamos al quid de la cuestión”, dijo Ernest con expresión complacida. “Intentaré decirte por qué no, aunque la explicación sea bastante difícil.

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