“Y así por fin he encontrado mi labor en el mundo, gracias a usted, joven amigo. Es la obra del Maestro”. Me miró y sus ojos relucieron. “Usted me descubrió alimentando a sus corderos, ya sabe. Y por supuesto todos ustedes guardarán mi secreto”.
Él habló con bastante ligereza, pero había un miedo real detrás de sus palabras. Prometió visitarnos de nuevo. Pero una semana más tarde leímos en el periódico el triste caso del obispo Morehouse, quien había sido internado en el Manicomio de Napa y sobre quien aún se abrían esperanzas. En vano intentamos verle, hacer que su caso fuera reconsiderado o investigado. Tampoco pudimos averiguar nada sobre él, salvo las reiteradas declaraciones de que aún se abrían ligeras esperanzas para su recuperación.
—Cristo le dijo al joven rico que vendiera todo lo que tenía —dijo Ernest con amargura—. El obispo obedeció el mandato de Cristo y terminó encerrado en un manicomio. Los tiempos han cambiado desde los días de Cristo. Hoy en día, un hombre rico que da todo lo que tiene a los pobres está loco. No hay discusión. La sociedad ha hablado.