Tengo recuerdos tenues de haber roto una ventana y haberme escondido en alguna tienda para escapar de una turba callejera que era perseguida por soldados. Asimismo, una bomba estalló cerca de mí, una vez, en alguna calle solitaria, donde, por mucho que mirara, arriba y abajo, no lograba ver a ningún ser humano.
Pero mi siguiente recuerdo nítido comienza con el estampido de un fusil y la brusca toma de conciencia de que un soldado en un automóvil me está disparando. El tiro falló, y al momento siguiente yo estaba gritando y haciendo gestos con las señales.
Mi recuerdo de viajar en el automóvil es muy borroso, aunque este viaje, a su vez, se ve interrumpido por una imagen vívida. El estampido del fusil del soldado sentado a mi lado me hizo abrir los ojos, y vi a George Milford, a quien había conocido en los tiempos de Pell Street, desmoronarse lentamente hacia la acera. Aun mientras caía, el soldado volvió a disparar, y Milford se encogió, luego arrojó su cuerpo hacia afuera y cayó tendido. El soldado soltó una risita, y el automóvil aceleró.
Lo siguiente que supe después de aquello fue que me despertaron de un sueño profundo unos pasos de alguien que caminaba de un lado a otro muy cerca de mí. Su rostro estaba demacrado y tenso, y el sudor le brotaba de la frente y le bajaba por la nariz. Tenía una mano apretada con fuerza contra el pecho con la ayuda de la otra, y la sangre goteaba sobre el suelo mientras caminaba. Vestía el uniforme de los Mercenarios. Desde el exterior, como a través de gruesas paredes, llegaba el rugido ahogado de bombas estallando. Me encontraba en algún edificio enzarzado en combate con algún otro edificio.
Un cirujano entró a curar al soldado herido, y supe que eran las dos de la tarde. Mi dolor de cabeza no había mejorado, y el cirujano detuvo su labor el tiempo suficiente para darme un fármaco potente que deprimiera el corazón y me brindara alivio.