Durante aquel período solía maravillarme ante mi propia metamorfosis. A veces parecía imposible, o bien que alguna vez hubiera llevado una vida apacible y pacífica en una ciudad universitaria, o bien que me hubiera convertido en un revolucionario curtido en escenas de violencia y muerte.
Lo uno o lo otro no podía ser. Lo uno era real, lo otro era un sueño, ¿pero cuál era cuál?
¿Acaso esta vida actual de revolucionario, escondido en un agujero, era una pesadilla? ¿O era yo un revolucionario que en alguna parte, de algún modo, había soñado que en una existencia anterior había vivido en Berkeley y nunca había conocido una vida más violenta que las tés y los bailes, las sociedades de debate y las aulas?
Pero entonces supongo que esta era una experiencia común de todos los que nos habíamos alistado bajo la bandera roja de la hermandad del hombre.
A menudo recordaba a figuras de aquella otra vida y, por extraño que parezca, aparecían y desaparecían, de vez en cuando, en mi nueva vida.
Ahí estaba el obispo Morehouse. En vano lo buscamos después de que nuestra organización se hubiera desarrollado. Había sido trasladado de un asilo a otro. Le seguimos la pista desde el hospital estatal para dementes en Napa hasta el de Stockton, y de ahí al del valle de Santa Clara llamado Agnews, y allí se perdía el rastro. No había registro de su muerte. De algún modo debió de haber escapado.
Cuán poco imaginaba la terrible forma en que iba a verlo una vez más: la fugaz visión de él en la vorágine de la matanza de la Comuna de Chicago.
A Jackson, que había perdido el brazo en los molinos de Sierra Mills y que había sido la causa de mi propia conversión en revolucionario, no lo volví a ver nunca; pero todos supimos lo que hizo antes de morir.