Los tiempos difíciles en el hogar habían provocado una disminución inmensa en el consumo. La mano de obra, sin empleo, no tenía salarios con los cuales comprar. El resultado fue que la Plutocracia se encontró con un excedente mayor que nunca en sus manos. Este excedente se vio obligada a colocarlo en el extranjero y, dados sus colosales planes, necesitaba dinero.
Debido a sus enérgicos esfuerzos por colocar el excedente en el mercado mundial, la Plutocracia chocó con Alemania. Los choques económicos solían ir seguidos de guerras, y este choque en particular no fue una excepción. El gran señor de la guerra alemán se preparó, y también se prepararon los Estados Unidos.
La nube de guerra se cerní́a oscura y amenazante. El escenario estaba preparado para una catástrofe mundial, pues en todo el mundo habí́a tiempos difíciles, conflictos laborales, clases medias en vías de extinción, ejércitos de desempleados, choques de intereses económicos en el mercado mundial y murmullos y ruidos sordos de la revolución socialista.80
La Oligarquía quería la guerra con Alemania. Y la quería por una docena de razones. En el malabarismo de acontecimientos que semejante guerra provocaría, en la reordenación de las cartas internacionales y en la confección de nuevos tratados y alianzas, la Oligarquía tenía mucho que ganar. Y, además, la guerra consumiría muchos excedentes nacionales, reduciría los ejércitos de desempleados que amenazaban a todos los países y le daría a la Oligarquía un respiro para perfeccionar sus planes y llevarlos a cabo. Semejante guerra pondría virtualmente a la Oligarquía en posesión del mercado mundial. Asimismo, una guerra así crearía un gran ejército permanente que no haría falta disipar nunca, mientras que en la mente del pueblo se