En una reunión política de los socialistas, donde había muchos reporteros presentes, papá vio su oportunidad. Se levantó y relató la historia de la prohibición del libro. Al día siguiente se echó a reír al leer los periódicos, y luego se enfadó a un grado tal que anuló toda cualidad tónica. Los diarios no hicieron mención alguna del libro, pero lo tergiversaron maravillosamente. Retorcieron sus palabras y frases fuera de contexto, y convirtieron sus declaraciones moderadas y controladas en un discurso anarquista vociferante. Lo hicieron con arte. Recuerdo un caso en particular. Él había usado la frase «revolución social». El reportero simplemente omitió «social». Esto fue difundido por todo el país en un telegrama de Associated Press, y desde todos los rincones del país se levantó un grito de alarma. Papá fue tachado de nihilista y anarquista, y en una caricatura que se reprodujo ampliamente se le retrató agitando una bandera roja a la cabeza de una turba de hombres barbudos y de ojos desorbitados que llevaban en las manos antorchas, cuchillos y bombas de dinamita.
Fue acribillado terriblemente en la prensa, en largos y abusivos editoriales, por su anarquía, y se insinuó que sufría un colapso mental. Esta conducta, por parte de la prensa capitalista, no era nueva, nos dijo Ernest. Era costumbre, afirmó, enviar reporteros a todas las reuniones socialistas con el propósito expreso de informar mal y distorsionar lo que se decía, con el fin de asustar a la clase media para alejarla de cualquier posible afiliación con el proletariado. Y una y otra vez Ernest advirtió a padre que dejara de luchar y se pusiera a buen recaudo.
La prensa socialista del país retomó la lucha, sin embargo, y en todo el sector lector de la clase trabajadora se supo que el libro había sido prohibido. Pero este conocimiento se detuvo en la clase trabajadora. A continuación, el «Appeal to Reason», una gran editorial socialista, llegó