sociedad estaba en manos de quienes se empeñaban en destruirlo. Era un filósofo de corazón, y ya ni siquiera estaba enojado.
“Estoy condenado a estar roto —me dijo—; pero esa no es razón para no intentar hacerme añicos lo menos posible. Estos viejos huesos míos son frágiles, y ya he aprendido la lección. Dios sabe que no quiero pasar mis últimos días en un manicomio”.
Lo cual me recuerda al obispo Morehouse, a quien he descuidado durante muchas páginas. Pero antes déjenme hablarles de mi matrimonio. En el curso de los acontecimientos, mi matrimonio pasa a ser insignificante, lo sé, así que apenas lo mencionaré.
—Ahora nos convertiremos en verdaderos proletarios —dijo papá, cuando nos echaron de nuestro hogar—. A menudo he envidiado a ese joven tuyo por su conocimiento real del proletariado. Ahora lo veré y aprenderé por mí mismo.
Padre debía de llevar muy fuerte en la sangre la inclinación a la aventura. Consideraba nuestra catástrofe a la luz de una aventura. No le dominaban ni la ira ni el amargor. Era demasiado filosófico y sencillo como para ser vindicativo, y vivía demasiado en el mundo de la mente como para echar de menos las comodidades materiales a las que estábamos renunciando. Así fue como, al mudarnos a San Francisco a cuatro miserables habitaciones en el barrio pobre al sur de la calle Market, se embarcó en la aventura con la alegría y el entusiasmo de un niño, combinados con la visión clara y la capacidad mental de un intelecto extraordinario. En realidad, su mente nunca se endureció en moldes fijos. Carecía de un falso sentido de los valores. Los valores convencionales o habituales no significaban nada para él. Los únicos valores que reconocía eran los hechos matemáticos y científicos.