los oligarcas menores. Las sospechas, por la naturaleza de la situación, se veían desviadas. El último lugar del mundo en el que los espías del Talón de Hierro soñarían con buscarme —y a Ernest cuando se me unió— era el coto de caza de Wickson.
Atamos nuestros caballos entre los secuoyas, junto a la poza. De un escondite detrás de un tronco hueco y pudriéndose, mi compañero sacó una variedad de cosas: un costal de harina de cincuenta libras, alimentos en conserva de toda clase, utensilios de cocina, mantas, una lona de carpas, libros y material de escritura, un gran atado de cartas, una lata de cinco galones de queroseno, una estufa de aceite y, por último y más importante, un rollo grande de cuerda resistente. Tan grande era el suministro de cosas que harían falta varios viajes para transportarlas al refugio.
Pero el refugio estaba muy cerca. Tomando la soga y abriendo el paso, crucé por un claro de enredaderas y arbustos enmarañados que se extendía entre dos colinas arboladas.
El claro terminaba abruptamente en la empinada orilla de un arroyo. Era un arroyo pequeño, nacido de manantiales, que ni el verano más caluroso lograba secar.
Por doquier se veían altas colinas arrojadas, un grupo de ellas, con toda la apariencia de haber sido lanzadas allí por la mano de algún titán descuidado. No había roca madre en ellas. Se alzaban desde sus bases cientos de pies, y estaban compuestas de tierra volcánica roja, el famoso suelo vinícola de Sonoma. A través de ellas, el diminuto arroyo había cortado su cauce profundo y escarpado.
Fue una bajada bastante accidentada hasta el lecho del arroyo y, una vez allí, avanzamos arroyo abajo tal vez unos cien pies. Y entonces llegamos al gran hoyo.