Al momento siguiente no supe lo que estaba pasando. Fui arrollado por la multitud.
El espacio reducido se llenó de alaridos, gritos y maldiciones. Los golpes llovían sobre mí. Unas manos desgarraban y tiraban de mi carne y mis ropas. Sentí que me hacían pedazos. Me estaban derribando, sofocando. Una mano fuerte me agarró del hombro en lo más espeso de la apretura y tiraba de mí con fiereza. Entre el dolor y la presión me desmayé. Hartman nunca salió de aquella entrada. Me había protegido y recibido el primer impacto del ataque. Eso me había salvado, pues la aglomeración pronto se había vuelto demasiado densa para otra cosa que no fuera el frenético agarrar y desgarrar de las manos.
Volví en mí en medio de un movimiento frenético. A mi alrededor se manifestaba ese mismo movimiento. Me había visto atrapado en una riada monstruosa que me arrastraba no sabía hacia dónde. Sentía el aire fresco en la mejilla y penetrando con dulce mordisco en mis pulmones.
Desfallecido y mareado, percibí vagamente un brazo fuerte alrededor de mi cuerpo, por debajo de las axilas, que medio me levantaba y me arrastraba. Mis propias extremidades me ayudaban débilmente.
Delante de mí podía ver la espalda en movimiento de la chaqueta de un hombre. Estaba rajada de arriba abajo a lo largo de la costura central y latía rítmicamente; la raja se abría y se cerraba con regularidad a cada salto de quien la llevaba. Este fenómeno me fascinó durante un tiempo, mientras mis sentidos iban regresando a mí.
Luego me percaté de que me ardían las mejillas y la nariz, y pude sentir sangre goteando sobre mi rostro. Mi sombrero había desaparecido. Llevaba el pelo suelto y al viento, y por el ardor del cuero cabelludo logré recordar una mano que, en el tumulto de la entrada, había tirado de mi cabello. Tenía el pecho y los brazos magullados y doloridos en una veintena de partes.