Volví a dormir, and lo siguiente que supe fue que estaba en la azotea del edificio. Los combates inmediatos habían cesado, y yo estaba observando el ataque de los globos aerostáticos contra las fortalezas. Alguien me rodeaba con un brazo y yo me recostaba con fuerza contra él. Me pareció de lo más natural que se tratara de Ernest, y me descubrí a mí misma preguntándome cómo se había chamuscado tanto el cabello y las cejas.
Fue por la pura casualidad de habernos encontrado en aquella ciudad terrible.
Él no tenía idea de que yo había salido de Nueva York y, al atravesar la habitación donde yo yacía dormida, al principio no podía creer que fuera yo. Poco más vi de la Comuna de Chicago. Después de presenciar el ataque con globos, Ernest me llevó a lo más hondo del edificio, donde dormí el resto de la tarde y la noche.
El tercer día lo pasamos en el edificio, y el cuarto, habiendo conseguido Ernest un permiso y un automóvil de las autoridades, salimos de Chicago.
Mi dolor de cabeza había desaparecido, pero, en cuerpo y alma, estaba muy cansada. Me recosté contra Ernest en el automóvil y, con ojos apáticos, observé a los soldados que intentaban sacar el vehículo de la ciudad. Aún se seguía combatiendo, pero solo en localidades aisladas. Aquí y allá, barrios enteros seguían en poder de los camaradas, pero tales barrios estaban rodeados y vigilados por densos contingentes de tropas. En un centenar de trampas separadas se hallaban así retenidos los camaradas mientras continuaba la labor de someterlos. Someterlos significaba la muerte, pues no se daba cuartel, y lucharon heroicamente hasta el último hombre.122
Siempre que nos acercábamos a tales localidades, los guardias nos hacían retroceder y nos daban un rodeo. Una vez, el único paso posible entre dos posiciones fuertes de los camaradas era a través de una sección quemada