Y entonces pensé en las fábricas Sierra y en los dividendos que se habían pagado, y vi la sangre de Jackson en mi vestido también. No podía escapar de Jackson. Siempre mis meditaciones me conducían de vuelta a él.
En lo más profundo de mi ser tenía la sensación de que me encontraba al borde de un precipicio. Era como si estuviera a punto de presenciar una nueva y terrible revelación de la vida. Y no solo yo. Todo mi mundo estaba dando un vuelco.
Ahí estaba mi padre. Podía ver el efecto que Ernest estaba empezando a causar en él. Y luego estaba el Obispo.
La última vez que lo había visto había parecido un hombre enfermo. Se encontraba en una gran tensión nerviosa, y en sus ojos había un horror indescriptible. Por lo poco que supe, me consta que Ernest había estado cumpliendo su promesa de llevarlo a través del infierno. Pero qué escenas del infierno habían visto los ojos del Obispo, no lo sabía, pues parecía demasiado aturdido como para hablar de ellas.
Una vez, con la fuerte sensación de que mi pequeño mundo y el mundo entero estaban zozobrando, pensé en Ernest como la causa de aquello; y también pensé: «¡Éramos tan felices y pacíficos antes de que él llegara!». Y al instante siguiente me di cuenta de que tal pensamiento era una traición a la verdad, y Ernest se alzó ante mí transfigurado, el apóstol de la verdad, con la frente brillante y la intrepidez de uno de los propios ángeles de Dios, luchando por la verdad y la justicia, y batallando por el socorro de los pobres, los solitarios y los oprimidos.
Y entonces surgió ante mí otra figura: ¡el Cristo! Él también se había puesto del lado de los humildes y oprimidos, y en contra de todo el poder establecido de sacerdotes y fariseos. Y recordé su fin en la cruz, y mi corazón se encogió con una punzada al pensar en Ernest. ¿Estaba él también destinado a una cruz?—él, con su llamado de clarín y su voz de notas guerreras, ¡y todo su vigor de hombre cabal!