indescriptibles. Jamás los espaciosos muros de la señora Pertonwaithe habían presenciado semejante espectáculo. Estos, pues, eran los serenos capitanes de la industria y señores de la sociedad, estos salvajes gruñones y vociferantes en traje de noche. En verdad, Ernest los había sacudido cuando tendió las manos hacia sus bolsas de dinero, unas manos que ante sus ojos se habían aparecido como las manos de los un millón quinientos mil revolucionarios.
Pero Ernest nunca perdió la cabeza en una situación así. Antes de que el coronel Van Gilbert hubiera logrado sentarse, Ernest ya estaba de pie y había dado un salto hacia adelante.
“¡De uno en uno!”, les rugió.
El sonido brotó de sus grandes pulmones y dominó la tempestad humana. Mediante la pura fuerza de su personalidad, impuso silencio.
“Uno a la vez”, repitió con suavidad. “Déjenme responderle al coronel Van Gilbert. Después