explosiones de dinamita en Oregón, y de manera similar, una serie de trenes completos, en diferentes momentos y lugares, habían sido destruidos. Así fue como las tropas regulares lucharon por sus vidas del mismo modo que los campesinos.
En cuanto a la milicia, la ley de milicias de 1903 se puso en vigor, y los trabajadores de un estado se vieron obligados, bajo pena de muerte, afusilar a sus camaradas trabajadores en otros estados.
Por supuesto, la ley de milicias no funcionó sin contratiempos al principio. Muchos oficiales de la milicia fueron asesinados, y muchos milicianos fueron ejecutados por tribunales sumarísimos.
La profecía de Ernest se cumplió de manera sorprendente en los casos del señor Kowalt y el señor Asmunsen. Ambos cumplían los requisitos para la milicia y ambos fueron reclutados para servir en la expedición punitiva que se envió desde California contra los granjeros de Misuri.
El señor Kowalt y el señor Asmunsen se negaron a servir. No se anduvieron con rodeos con ellos. Su destino fue un tribunal sumarísimo y su fin, la ejecución militar. Les dispararon con la espalda hacia el pelotón de fusilamiento.
Muchos jóvenes huyeron a las montañas para escapar del servicio en la milicia. Allí se convirtieron en forajidos, y no fue sino hasta tiempos más pacíficos cuando recibieron su castigo. Fue drástico. El gobierno emitió una proclama para que todos los ciudadanos respetuosos de la ley bajaran de las montañas durante un período de tres meses. Cuando llegó la fecha anunciada, medio millón de soldados fueron enviados a los distritos montañosos en todas partes. No hubo investigación ni juicio. Dondequiera que se encontraba a un hombre, era