—Está bien —sonrió de buena gana—, y te diré dónde encontrarlo. Pero tiemblo por ti cuando pienso en todo lo que vas a demostrar gracias al brazo de Jackson.
Y así fue como tanto el obispo como yo aceptamos los desafíos de Ernest. Se marcharon juntos, dejándome con el vivo resentimiento de la injusticia que se había cometido conmigo y con mi clase. El hombre era una bestia. Lo odié entonces y me consolé con la idea de que su comportamiento era el que cabía esperar de un hombre de la clase trabajadora.