estúpidos. Solo conocen los negocios. No conocen a la humanidad ni a la sociedad y, sin embargo, se erigen en árbitros de los destinos de los millones hambrientos y de todos los demás millones sumados. La historia, algún día, se reirá a carcajadas a su costa”.
No me sorprendió cuando conversé a fondo con la señora Wickson y la señora Pertonwaithe. Eran mujeres de la alta sociedad. Sus hogares eran palacios. Tenían muchas residencias dispersas por el país, en las montañas, junto a lagos y a la orilla del mar.
Eran atendidas por ejércitos de servidores y sus actividades sociales eran desconcertantes. Patrocinaban la universidad y las iglesias, y los pastores, en especial, se inclinaban ante ellas con mansa sumisión. Eran personas poderosas, estas dos mujeres, debido al dinero que poseían. El poder de subvencionar el pensamiento les pertenecía en un grado notable, como pronto habría de aprender bajo la tutela de Ernest.
Imitaban a sus maridos y hablaban con la misma grandilocuencia sobre la política, y los deberes y responsabilidades de los ricos. Se dejaban influir por la misma ética que dominaba a sus maridos —la ética de su clase— y pronunciaban frases hechas que sus propios oídos no comprendían.
Además, se irritaron cuando les hablé de la deplorable condición de la familia de Jackson, y cuando me extrañó que no hubieran tomado ninguna disposición voluntaria para ayudar al hombre. Me dijeron que no le daban las gracias a nadie por instruirles en sus deberes sociales. Cuando les pedí sin rodeos que ayudaran a Jackson, se negaron con la misma franqueza. Lo sorprendente del asunto fue que se negaron empleando casi exactamente el mismo lenguaje, y esto a pesar de que los entrevisté por separado y de que uno no sabía que yo había visto o iba a ver al otro. Su respuesta común fue que se alegraban de la oportunidad de dejar perfectamente claro que ellos jamás premiarían la negligencia; ni tentarían a los pobres, pagando por los accidentes, a lastimarse con la maquinaria.37