CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/The Iron HeelPublic
EspañolEnglish
Página 213 de 372
Table of Contents

CAPÍTULO XVI. EL FIN

Cuando llegó el momento de que Ernest y yo fuéramos a Washington, papá no nos acompañó. Se habí enamorado de la vida proletaria. Consideraba nuestro barrio marginal como un gran laboratorio sociológico, y se habí embarcado en una orgía de investigación aparentemente interminable.

Hizo migas con los obreros y era íntimo en decenas de hogares. Además, trabajaba en empleos ocasionales, y el trabajo era tanto un juego como una investigación erudita, pues se deleitaba con él y siempre regresaba a casa con abundantes notas y rebosante de nuevas aventuras.

Era el científico perfecto.

No había ninguna necesidad de que él trabajara, pues Ernest se apañaba para ganar lo suficiente con sus traducciones como para cuidar de los tres. Pero papá insistía en perseguir su fantasma favorito, y vaya que era un fantasma proteico, a juzgar por los empleos en los que trabajaba.

Jamás olvidaré la tarde en que trajo a casa su equipo de vendedor ambulante de cordones de zapatos y tirantes, ni aquella vez que entré en el pequeño colmando de la esquina a hacer alguna compra y me atendió.

Después de eso no me sorprendió cuando trabajó de camarero durante una semana en el bar de enfrente. Trabajó como vigilante nocturno, pregonó patatas por la calle, pegó etiquetas en el almacén de una fábrica de conservas, fue operario polivalente en una fábrica de cajas de cartón y aguador para una cuadrilla de construcción de tranvías, e incluso se afilió al Sindicato de Fregaplatos justo antes de que este se viniera abajo.

Creo que el ejemplo del obispo, en lo que a prendas de vestir se refiere, debió de fascinar a papá, pues usaba la barata camisa de algodón del

213