a un acuerdo con papá para publicar el libro. Papá estaba jubiloso, pero Ernest estaba alarmado.
—Te digo que estamos al borde de lo desconocido —insistía—.
Grandes cosas están ocurriendo en secreto a nuestro alrededor. Podemos sentirlas. No sabemos qué son, pero están ahí. Todo el tejido de la sociedad tiembla con ellas. No me preguntes. Yo mismo no lo sé. Pero de este fluir de la sociedad algo está a punto de cristalizarse. Se está cristalizando ahora. La supresión del libro es una precipitación. ¿Cuántos libros han sido suprimidos? No tenemos la más mínima idea. Estamos a oscuras. No tenemos manera de enterarnos. Lo próximo que hay que vigilar es la supresión de la prensa socialista y de las editoriales socialistas. Me temo que se avecina. Van a estrangularnos.
Ernest tenía el dedo en el pulso de los acontecimientos aún más de cerca que el resto de los socialistas, y en el plazo de dos días se dio el primer golpe. El Appeal to Reason era un semanario, y su tirada habitual entre el proletariado era de setecientos cincuentamil ejemplares. Asimismo, con mucha frecuencia sacaba ediciones especiales de entre dos y cinco millones. Estas grandes ediciones eran pagadas y distribuidas por el pequeño ejército de trabajadores voluntarios que se había aglutinado en torno al Appeal. El primer golpe iba dirigido contra estas ediciones especiales, y fue aplastante. Mediante una resolución arbitraria de Correos, se decretó que estas ediciones no correspondían a la circulación regular del periódico y, por tal motivo, se les denegó la admisión en el servicio postal.
Una semana después, el Departamento de Correos dictaminó que el periódico era sedicioso y le prohibió por completo el uso del servicio postal. Este fue un golpe terrible para la propaganda socialista. El Appeal estaba desesperado. Ideó un plan para llegar a sus suscriptores a través de las empresas de transporte urgente, pero estas se negaron a manejarlo.