Sus brazos ya me rodeaban antes de que me diera cuenta. Sus labios estaban sobre los míos antes de que pudiera protestar o resistirme. Ante su fervor, la convencional dignidad de doncella resultaba ridícula. Me arrebató por completo con su espléndido e invencible ímpetu. No me propuso matrimonio. Me rodeó con los brazos, me besó y dio por sentado que nos casaríamos. No hubo discusión al respecto. La única discusión —y esa surgió después— fue cuándo nos casaríamos.
Era sin precedentes. Era irreal. Sin embargo, de acuerdo con la prueba de la verdad de Ernest, funcionaba. Confié mi vida a ello. Y afortunada fue esa confianza.
Sin embargo, durante aquellos primeros días de nuestro amor, el miedo al futuro me asaltaba a menudo cuando pensaba en la violencia e impetuosidad de su manera de hacer el amor. Pero tales temores carecían de fundamento. Ninguna mujer ha sido bendecida jamás con un esposo más tierno y apacible. Esta apacibilidad y violencia por su parte constituían una mezcla curiosa, similar a la que había en su porte de torpeza y soltura. ¡Esa ligera torpeza! Nunca la superó, y era deliciosa. Su comportamiento en nuestro salón me recordaba al de un toro prudente en una cacharrería.38
Fue en esta época cuando desapareció mi última duda sobre la plenitud de mi amor por él (una duda subconsciente, a lo sumo). Ocurrió en el Philomath Club, una noche maravillosa de batalla, en la que Ernest desafió a los maestros en su propia guarida. Ahora bien, el Philomath Club era el más selecto de la costa del Pacífico. Era la creación de la señorita Brentwood, una solterona inmensamente adinerada; y era su esposo, su familia y su juguete. Sus miembros eran los más acaudalados de la comunidad, y los de mentalidad más firme entre