—¡Confusión tres veces confusa! —exclamó Ernest—. ¿Cómo podemos esperar solidaridad con todos estos propósitos cruzados y conflictos?
Y a decir verdad, el fervor religioso adquirió proporciones formidables. El pueblo, agobiado por su miseria y su desengaño en todas las cosas terrenales, estaba maduro y ansioso por un cielo donde los tiranos industriales entraban tanto como los camellos pasan por el ojo de una aguja.
Predicadores itinerantes de ojos extraviados inundaron el país; y a pesar de la prohibición de las autoridades civiles y de la persecución por desobediencia, las llamas del frenesí religioso fueron avivadas por innumerables reuniones al aire libre.
Eran los últimos días, afirmaban, el principio del fin del mundo. Los cuatro vientos habían sido desatados. Dios había incitado a las naciones a la discordia.
Era una época de visiones y milagros, mientras que los videntes y las profetisas eran legión. El pueblo dejó de trabajar por cientos de miles y huyó a las montañas, para aguardar allí la inminente llegada de Dios y el ascenso de los ciento cuarenta y cuatro mil al cielo.
Pero entretanto Dios no llegó, y murieron de hambre en gran número. En su desesperación saquearon las granjas en busca de comida, y el tumulto y la anarquía consiguientes en las regiones rurales no hicieron más que acrecentar las desdichas de los pobres agricultores expropiados.
Asimismo, las granjas y los almacenes eran propiedad del Talón de Hierro. Se desplegaron ejércitos de tropas y los fanáticos fueron obligados a regresar a sus labores en las ciudades a punta de bayoneta. Allí estallaban en turbas y motines recurrentes. Sus líderes fueron ejecutados por sedición o confinados en manicomios. Quienes fueron ejecutados marcharon hacia la muerte con toda la alegría de los mártires.