testimonio, según él lo expresó, «no era lo que tenía que haber sido». Y a ellos resolví acudir.
Una cosa era evidente, la situación de Jackson era penosa. Su esposa gozaba de mala salud y él no era capaz de ganar, con su trabajo de mimbre y su venta ambulante, suficiente comida para la familia. Debía meses de alquiler y el hijo mayor, un muchacho de once años, había empezado a trabajar en las fábricas.
“Podrían haberme dado ese trabajo de sereno”, fueron sus últimas palabras mientras me alejaba.
Para cuando hube visto al abogado que se hablara llevado el caso de Jackson, y a los dos capataces y al superintendente de las fábricas que habían testificado, empecé a sentir que, después de todo, había algo de cierto en la postura de Ernest.
Era un hombre débil y de aspecto ineficiente, el abogado, y al verlo no me extrañó que se hubiera perdido el caso de Jackson. Mi primer pensamiento fue que se lo tenía bien merecido por haberse buscado un abogado así. Pero al instante siguiente, dos de las afirmaciones de Ernest acudieron fulgurantes a mi conciencia:
«La compañía emplea abogados muy eficientes» y «El coronel Ingram es un abogado astuto».
Pensé rápidamente. Caí en la cuenta de que, por supuesto, la compañía podía permitirse un talento legal mucho mejor que el de un trabajador como Jackson. Pero esto era meramente un detalle menor. Había alguna razón de mucho peso, estaba seguro, por la cual el caso de Jackson se había perdido.
—¿Por qué perdió el caso? —le pregunté.
El abogado se quedó perplejo y preocupado por un momento, y me compadecí en el fondo de mi corazón de la desgraciada criatura.