siempre había montañas de trabajo por hacer. Ernest y sus compañeros dirigentes, desde sus prisiones, decidían lo que debía hacerse; y a nosotros, los de afuera, nos tocaba hacerlo. Estaba la organización de la propaganda de boca en boca; la organización, con todas sus ramificaciones, de nuestro sistema de espionaje; el establecimiento de nuestras imprentas secretas, y el establecimiento de nuestros ferrocarriles subterráneos, lo que significaba entrelazar nuestra miríada de lugares de refugio y la formación de nuevos refugios allí donde faltaban eslabones en las cadenas que tendíamos por toda la tierra.
Así que digo que la obra nunca terminó. Al cabo de seis meses, mi soledad se vio rota por la llegada de dos camaradas. Eran muchachas jóvenes, almas valientes y apasionadas amantes de la libertad: Lora Peterson, que desapareció en 1922, y Kate Bierce, que más tarde se casó con Du Bois,102 y que aún sigue entre nosotros con los ojos alzados hacia el sol del mañana, que anuncia la llegada de la nueva era.