y a su horrible propuesta. Por otra parte, ni soñábamos con permitir que el joven oligarca se marchara.
—Te diré lo que haremos —dijo Ernest—. Nos lo quedaremos y le daremos una educación.
—Pues entonces reclamo el privilegio de ilustrarlo en materia de jurisprudencia —exclamó Biedenbach.
Y así se tomó una decisión entre risas. Mantendríamos prisionero a Philip Wickson y lo educaríamos en nuestra ética y sociología. Pero entretanto había trabajo por hacer. Todo rastro del joven oligarca debía ser obliterado.
Estaban las marcas que había dejado al descender por el muro desmoronado del pozo. Esta tarea recayó en Biedenbach, quien, suspendido de una cuerda desde arriba, trabajó con maña durante el resto del día hasta que no quedó ni rastro. Cañón arriba, desde el borde del pozo, todas las marcas fueron borradas de igual manera. Luego, al atardecer, llegó John Carlson, quien reclamó los zapatos de Wickson.