—Supongo que el Talón de Hierro no necesitará nuestros servicios —comentó Hartman, dejando el periódico que estado leyendo, cuando el tren se detuvo en la estación central—. Perdieron el tiempo mandándonos aquí. Sus planes evidentemente han prosperado mejor de lo que esperaban. El infierno se desatará en cualquier momento.
Se volvió y miró a lo largo del tren mientras bajábamos.
—Eso me temía —murmuró—. Desengancharon ese vagón privado cuando subieron los periódicos a bordo.
Hartman estaba irremediablemente deprimido. Intenté animarle, pero ignoró mi esfuerzo y de repente comenzó a hablar muy aprisa, en voz baja, mientras pasábamos por la estación. Al principio no pude entender.
“No he estado seguro —decía—, y no se lo he dicho a nadie. Llevo semanas trabajando en ello y no logro estar seguro. Cuidado con Knowlton. Sospecho de él. Conoce los secretos de una veintena de nuestros refugios. Lleva las vidas de cientos de nosotros en sus manos, y creo que es un traidor.
Es más un presentimiento por mi parte que otra cosa. Pero me pareció notar un cambio en él hace poco. Existe el peligro de que nos haya vendido, o vaya a vendernos. Estoy casi seguro de ello. No le susurraría mis sospechas a un alma viviente, pero, por alguna razón, no creo que salga con vida de Chicago. No le quites el ojo de encima a Knowlton. Tiéndele una trampa. Averígualo. No sé nada más. Es solo una intuición, y hasta ahora no he conseguido hallar la más mínima pista”.
Estábamos justo saliendo a la acera.
—Recuerda —concluyó Hartman con seriedad—. No le quites los ojos de encima a Knowlton.